La exige dos problemas distintos: saber en qué dirección viajar y saber dónde estás. Los ornitólogos suelen hablar de orientación y navegación.

Muchas aves poseen componentes innatos. Jóvenes de algunas especies realizan su primera migración sin que sus padres les enseñen el recorrido completo. Eso indica que ciertos programas de dirección y duración del viaje pueden estar codificados desde el punto de vista biológico.

Pero el sistema se vuelve mucho más sofisticado con experiencia. Durante el día algunas aves utilizan la posición del Sol y compensan su movimiento con un reloj interno. Muchas migrantes nocturnas utilizan el patrón de de las estrellas para establecer direcciones. También hay de que algunas aves pueden detectar el campo magnético de la Tierra y usarlo como una pista para orientarse. A esta capacidad se le llama .

A eso se suman señales locales como costas, montañas, ríos, olores y lugares conocidos. La importancia de cada pista depende de la especie y de las condiciones.

Un ejemplo: piensa en un navegante que dispone de brújula, mapa, reloj, estrellas y puntos del terreno. Si una señal falla por nubosidad o desorientación, otras pueden ayudar. La navegación animal parece funcionar de forma igualmente redundante.

La ciencia todavía investiga cómo se detecta exactamente el campo magnético. Una hipótesis propone que ciertas sensibles a la luz, llamadas , podrían participar en esa detección; también se han propuesto basados en materiales magnéticos. Hay evidencia de magnetorrecepción, pero el mecanismo biológico completo no está resuelto y puede no ser idéntico en todas las especies.

Por qué llegamos a esta respuesta: evitamos decir “las aves tienen un interno”. Es una metáfora simpática, pero oculta que se trata de varios sentidos y estrategias. Cornell resume décadas de experimentos mostrando el uso combinado de Sol, estrellas, campo magnético y señales del paisaje.