Un olor puede transportarnos de golpe a una cocina, una escuela, una casa antigua o unas vacaciones de muchos años atrás.

Las del olfato siguen rutas cerebrales que están muy relacionadas con estructuras importantes para memoria y emoción. Eso no significa que el olfato tenga un “cable directo mágico” a todos los recuerdos, pero su organización ayuda a explicar por qué los olores pueden convertirse en pistas personales y relacionadas con la propia vida poderosas.

Ejemplo: quizá no pensabas en la casa de tus abuelos desde hacía meses. Entras a una panadería, reconoces una mezcla de canela y y aparece una escena específica de esa casa casi de inmediato.

Los estudios que comparan pistas muestran que los recuerdos activados por olores pueden sentirse especialmente emocionales y producir una sensación fuerte de “volver atrás en el tiempo”. Algunos trabajos encuentran que tienden a relacionarse con experiencias de etapas tempranas de la vida en mayor proporción que recuerdos provocados por palabras.

¿Por qué? Una parte puede deberse a la biología del sistema olfativo; otra, a cómo aprendemos olores. Muchos aromas cotidianos no tienen un nombre fácil, así que pueden permanecer asociados a experiencias y lugares sin haber sido descritos verbalmente muchas veces.

El efecto no significa que los recuerdos despertados por olores sean necesariamente más exactos. Una memoria puede sentirse intensa y vívida y aun así contener errores o cambios.

Además, si sabemos de antemano qué olor estamos oliendo, la etiqueta verbal puede modificar la manera en que lo interpretamos y qué recuerdos aparecen.

Por qué llegamos a esta respuesta: revisiones sobre memoria autobiográfica evocada por olores encuentran diferencias consistentes en emoción, antigüedad y sensación subjetiva frente a algunas pistas visuales o verbales, aunque todavía se estudia exactamente por qué.